Hace unos días en una terapia de pareja les pedí que se colocaran el uno frente al otro para verse y reconocerse. Después les pregunté si tenían enfrente un oponente digno. Yo les contemplaba asentir cual luchadores en un arte marcial al juntar las palmas de las manos en el corazón e inclinar la cabeza. A partir de esa sesión pasamos de una pelea de pareja a librar un combate sagrado.

Si hay algo que me encanta de mi trabajo es poder ser guía y aprendiz. Y ese día me acerqué más a comprender que si hay algo importante en el AMOR es escoger un contrincante digno de dicha batalla.

Hay dos acepciones de la RAE que me iluminan para el término librar (un combate sagrado, una batalla; en este caso):

 “Poner confianza en alguien o algo.”

“Salir feliz de un lance o negocio.”

No estoy hablando por lo tanto de que convivir sea muy duro, ni de lo que hay que aguantar; sino de la valiosísima oportunidad que supone mirarse al espejo que nos coloca nuestra pareja; la persona que conoce nuestros bostezos, nuestros rituales, nuestros gestos, nuestros silencios, nuestros tropiezos. La persona que conoce nuestra cotidianeidad y escoge amarnos; estar. Batalla porque una parte de lo que hay en ese espejo qno nos va a gustar; es más; llevamos años tejiendo telones para ocultar.

Decidir librar ese combate sagrado supone depositar la confianza en nuestro compañero de camino, dándole permiso para colocarnos ese espejito mágico; y, más importante: decidir mirarnos. Participar. Aunque a veces duela.

Escoger librar la batalla en vez de evitarla es la oportunidad de descubrir aquellas cosas de nosotros mismos que solos no podemos. Y para salir feliz de este lance (“trance u ocasión única”) hemos de estar dispuestos a que esta batalla nos transforme. Comprender que lo que hoy creo que te estoy negando es lo mismo que en mi interior se muere de hambre. Que lo que más me molesta de ti es esa parte de mi que no está resuelta.

Escoger el contrincante adecuado es el arte de dejarse encontrar por la persona que te va a dar la posibilidad de contemplar con claridad todo aquello que aun no se ha resuelto en ti. El arte de dejarse acompañar por quien está dispuesto a escucharte y a crecer en esa escucha. A abrir los ojos frente al espejo.

Atrévete.